Arcontes

2

Lena, San Drión y una decuria formada por los caballeros de la orden se desplazan entre las montañas encima de sus caballos de guerra. Detrás dos carruajes, uno algo más rimbombante, vacío y cómodo para algún presunto pasajero, otro más espartano pero impecable con suministros para su viaje.

Su objetivo es alcanzar el pueblo donde se encuentra ese mago-guerrero tan abnegado y brutal que cuentan los rumores. En Filianrad.

— Lena, este pueblo ha cambiado, mucho, lo veo mucho más limpio, ordenado.

— Coincido San Drión. ¿Consideras que podría haber sido cortesía de nuestro objetivo?

— Muy posible. No hemos tenido ningún tipo de información oficial relacionada con la inversión en Filianrad. Parece una iniciativa particular, especialmente el pavimento de caolín.

— Un lujo diría. — Lena nota una gota de sudor recorrer su espalda, a pesar de ser primavera. Coge aire rápidamente, un casi suspiro, una casi anticipación. — Preguntemos.

Los pueblerinos observan con curiosidad a la Orden, alguno con miedo, otro con desconfianza. Uno de ellos, ni se digna en girarse, como si fuese rutinario. Sigue observando el pozo, pensando. Si bien no destaca en exceso de los ropajes variopintos de los ciudadanos del pueblo es alto, muy alto en comparación al resto, a ojo unos decían que se acercaba a los dos metros, además, ciertamente no era demasiado corpulento, pero si silueta daba a entender que no era precisamente un saco de huesos.

San Drión se fija en él. En la cintura de ese hombre una espada recta con una funda completamente negra, como si fuese de carbón.

— Lena, mira, debe ser él. — Mm, esa funda de espada coincide con las descripciones, una espada que recuerda al abismo. Y no es particularmente común. Vayamos con cuidado, sin que sepa que sospechamos que es él. — Dudo que sepa que lo buscamos. — Calla, démonos prisa.

Tanto Lena como San Drión ordenan que sus fuerzas se queden, que desmonten, que los vigilen de lejos, pero a lo suyo. Unos empiezan a hacer inventario, otros charlan con tranquilidad.

Se acercan a ese hombre por la espalda. San Drión antes de entablar la conversación, nota que su mano tiembla momentáneamente. Mira a Lena extrañado; sin aún así, ella no entiende el intento de comunicación con ella. Lo ignora.

San Drión carraspea. — Disculpe caballero.

El hombre se coloca la mano en la frente, como quien se encuentra resentido por una migraña. Se gira, los mira a los dos bajando la cabeza ligeramente. — Dígame. — Su voz retumba, sin ser alta. Sus ojos parecen mirar más allá de ellos, dentro de ellos, negros pero con una cierta iridiscencia incierta.

Lena se adelanta a San Drión y continua. — Queríamos preguntarle acerca del pueblo, hemos visto que ha cambiado mucho recientemente.

— Ajá... Veo. Sí, es cierto, ha cambiado bastante estos meses; pero me temo que vuestra pregunta es muy abierta digo yo.

Lena titubea momentáneamente. — Justo. ¿A qué se ha debido este cambio tan repentino?

El gigante los mira, no, los observa. — Pensamos que era hora de hacer algo para que todos pudiéramos vivir mejor. — Escueto, sin continuación.

Tanto San Drión como Lena se miran mutuamente, no saben si caminan sobre hielo fino o simplemente se trata de un hombre de pocas palabras. Entonces, San Drión recupera la compostura. — Estamos buscando el responsable de esta mejora. Que trabaje en honor a la corona para ayudar a todo el reino.

Una pequeña mueca se filtra, peculiar, medio sonrisa quizás, medio disgusto por el otro.

— Ya...

Lena nota la ligera frustración en San Drión, no tanto de rabia, sino por la impotencia de no saber como abordarlo de manera directa.

El hombre exhala a la vez que deja caer sus pesados hombros. — Podríais ser un poco más directos, id al grano.

San Drión se muerde la lengua, reconoce que es Lena la que debería hablar, y se lo indica con un gesto amable con la mano.

— Entiendo que tanto usted como nosotros comprendemos la situación y las razones por las que estamos aquí. Somos conocedores de sus hazañas, lo hemos buscado día y noche, pues la reina le requiere que trabaje en beneficio de todos, con su compensación pertinente. Entiendo que le gusta ir al grano, pero veo necesaria una presentación rápida. Soy Lena, general de la Orden Sacra, este es San Drión, comandante de la misma Orden. ¿Cuál es su nombre?

— Azem, ese es mi nombre, y me temo que no puedo cumplir con vuestras expectativas.

Lena tiene un nudo en la garganta. E insiste. — ¿Podría preguntar por qué? Sin duda le compensaremos con creces por su tarea.

— No me interesa simplemente, voy por libre, hoy soy de Filianrad, mañana a saber.

Y San Drión decide intervenir. — No se trata de una oferta, es una orden de la reina misma.

— Y hasta dónde sé, son los ciudadanos de este reino quienes están obligados a responder este llamado. Yo no lo soy.

— ¿Y eso lo pone dónde? ¿Acaso no entiendes que sigues pisando sus tierras?

Azem suelta un silbido de asombro.

— Bueno, estamos ahora mismo en un punto muy importante de la conversación. Yo te digo que no vengo. Tienes la pelota en tu tejado. Lo que hagas será cosa vuestra. — Azem se cruza de brazos, un muro infranqueable parece.

Lena solo puede mirar, y se prepara para lo inevitable, con su mano en la empuñadura de su espadón.

San Drión saca la espada de su funda, la levanta y grita a todo pulmón. — ¡Soldados! ¡A mí! ¡Detened este hombre!

Y sin mediar palabra Azem encesta un cabezazo al comandante, derrumbándolo en el suelo, noqueado. Mira a Lena. — ¿Tú qué harás?

Lena retrocede con una finta, desenvaina su arma, los caballeros se reagrupan a su alrededor dudando de si seguir la orden de comandante, ahora inconsciente, o esperar la respuesta de Lena.

Azem empieza a chasquear los dedos de manera rítmica, musical, casi frenética. Ahora pivota, como en una especie cruce entre baile tribal y posición de anticipación. Ve que no hay respuesta, sino que tratan de prever su siguiente movimiento.

— Bueno, veo que tampoco estéis desescalando la situación.

Y al pronunciar estas palabras Lena decida lanzarse al ataque. Y tras un chasquido de Azem, lo pierde de vista, todos lo pierden de vista. Y uno de los soldados sale empujado con fuerza, una patada directa al estómago, doblando la armadura, transmitiendo el impacto. Otro chasquido, otro caballero caído, este con una muela rota.

— ¿Dónde está vuestra magia? ¿Qué sois la élite? — Chasquido, ahora quedan siete de pie.

Entre el caos el impacto casi todos olvidaron momentáneamente su entrenamiento. Se centran únicamente en entender lo que sucede. Hasta que Lena actúa.

Ella inspira, cierra los ojos, la presencia de Azem sigue ahí, pero dispersa. Nota que algo se acerca a sus espaldas, algo que converge. Se gira bruscamente, delante de sus ojos una imagen parcial y translúcida de él, lo ve, solo un instante. A la vez, Azem, con los ojos bien abiertos, le tiembla el párpado izquierdo.

Y de nuevo aparece delante de ellos unos metros más adelante.

— Bueno, parece que sí tenemos alguien más preparado. — Azem comienza a aplaudir lentamente. Se detiene en seco, la sonrisa desaparece de su cara. — ¿Ha quedado clara mi posición?

Lena enfunda su espada mientras lo observa fijamente. Durante unos instantes, sopesa, mira a los soldados caídos, a San Drión, todos inconscientes. — Sí, ha quedado clara. Y me disculpo por el comportamiento de mi compañero. — Aprieta los puños con firmeza, mira al suelo. — Permíteme insistir una vez más. — Ahora sus ojos se cruzan. — Sin ataduras, por favor, ven con nosotros, aunque sea para una audiencia y no llegue a nada fructifico.

Azem pondera mirando al cielo. Y en ese mismo momento Lena trata de medirle, de discernir la cantidad de éter, el color de este aunque fuera. Y ve nada, ni una tenue señal, como si fuese un ser inerte.

— Bueno, dada la situación, ¿no hubiese sido pertinente haber empezado antes con esa proposición? Quizás me lo hubiese planteado si hubieseis mantenido la línea cordial.

Lena, sin respuesta, se sonroja ligeramente.

— A ver, si tanto me quiere ver, que venga. — Los músculos de su rostro se tensan ligeramente, un pequeño tic en su ojo izquierdo se manifiesta. — Que venga a la cordillera de Ulte, y si no se siente tan segura, que traiga cuantos soldados le parezca.